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Relato erótico: El doble

1
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13/03/2019
La primera vez que la vi entraba en un sex-shop. Salió media hora después. Supe que había comprado bragas con sabor a mandrágora.
La segunda ocasión en que me crucé con ella fue en un cine porno. Daban una de las orgías de Bruce Seven. Me senté en un bar hasta que salió. Sola y hermosa, alta y joven, con un cuerpo de bailarina clásica pero con pechos de diosa italiana. Miraba a su alrededor como una fiera, buscando algo misterioso. Tal vez por esa razón los tipos no se le acercaban. Finalmente me la presentó el dueño de un pub una noche de fútbol. Ella se llamaba Happy Rain bebía bourbon indiferente al estruendo que producían miles de ciudadanos anónimos cuando el equipo local marcaba un tanto.

Mientras la observaba, apabullado por su hermosura, detecté una diferencia entre ella y yo que podía conducirnos a sendas diferentes: ella llevaba cuatro chupitos y yo paladeaba el primero.
—¿A qué te dedicas? —me preguntó, tras la presetación, aunque dejó pasar varios minutos durante los cuales yo permanecí anonadado por su esplendor.
—Soy doble —le dije, sin pensar.
—¿De cine?
—Eso es.
Se volvió incrédula en la banqueta y por primera vez desde que nos habían presentado me miró a los ojos. Era cierto, había una fiera jurásica y carnívora en el fondo de sus pupilas.
—¿Quieres decir que haces escenas arriesgadas para que los protagonistas no se hieran?
—Algo por el estilo.
—Soy buena juzgando a la gente, y me parece que no me mientes.
Sonreí.
—No te miento.
—Cuéntame lo que haces. Dame detalles.
—No es políticamente correcto —dije, recordando la frase insistente en diarios y revistas.
—A la mierda. Cuéntame.
—De acuerdo. Soy doble de actores porno.
Prácticamente se ahogó con el sorbo de licor.
-¿Quieres explicármelo? -preguntó con una voz de adolescente ingenua y curiosa.
-Es por el dinero, siempre por el dinero. Los productores invierten y no quieren correr riesgos. El semental tiene un fallo en sus cuerpos cavernosos y al diablo con los beneficios. Los productores son unos tipos muy quisquillosos con el tema de la pasta.
Me miró como si el animal jurásico que la habitaba saliera de su hibernación. Hambriento.
-¿Y a ti eso no te ocurre? Quiero decir...
-No. Estoy asegurado genéticamente.
-¿Una enfermedad?
-Bueno, al menos no es contagiosa y me da de comer.
-Es difícil de creer.
-Sólo hay una manera de probártelo. Tú decides.
-Menuda manera de ligar con una chica -dijo echándose al coleto el quinto chupito-. Y enseguida añadió-: Nunca oí hablar de esa profesión.
-No se habla de esa profesión. Es un problema de envergadura. Verás, yo estoy allí, en el banquillo de los suplentes por si al prota no se le empina, ya sabes... El presupuesto es ajustado, el tiempo medido y mi presencia es… preventiva.
-Quiero creerte, pareces hablar en serio, sin embargo se trata de una… actividad difícil de…
-Eres tú la que tienes interés —mentí; ella me ponía las dendritas en alineación de combate.
-Vivo muy cerca —se decidió, y arrojó sobre la barra dos billetes de cien euros-. Yo invito.
Salimos, caminamos unos centenares de metros sin hablar y llegamos hasta un edificio de diseño extravagante. Entramos. En el ascensor me miró como si hubiese estado cavilando durante aquel largo silencio.
-Tienes la enfermedad perfecta. Quiero decir que cualquier hombre daría lo que fuera por sufrir un contagio… Sería fantástico para mí. Desanimo a todos los tipos. Ése es mi mal. Por esa razón veo mucho porno. Allí, al menos, no te decepcionas.
Yo estaba saliendo del ascensor cuando añadió:
-Los tipos que me gustan… suelen, no sé, acobardarse, y entonces la cópula, ya sabes, no dura lo suficiente… En fin, que siempre acabo sola, en más de un sentido.
Abrió la puerta de un piso fabuloso decorado con esa calidad que te atrapa y te hace sentir bien en tu piel.
Me miró fijamente y se quitó toda la ropa. Era más hermosa que Katharine McPhee, más exuberante que Scarlett Johansson, más peligrosa que Charlize Theron en “Mad Max” y, sobre todo, más inquietante que todas ellas.
Y era morena. Me gustan las morenas. ¿Queréis daros una idea aproximada? Bien, pensad en Eva Mendes.
Al diablo con tanta descripción. Se acercó y me desnudó. Miró mi sexo y luego me miró a mí. Cuando volvió a bajar la vista, el pez dormido se había convertido en un delfín acróbata.
-¡Es increíble! —exclamó y cayó de rodillas.
Lo acarició lentamente, hizo aparecer varias veces el glande bajo la caperuza de piel, pasó la nariz por el prepucio, lamió los huevos, lamió el tronco, besó el testuz, se lo metió en la boca y cerró los ojos. Mamó durante mucho tiempo, acariciando los testículos con suavidad y tibieza y luego levantó la vista hacia mí. Era una plegaria, lo intuí, y eyaculé en su rostro.
Creo fue entonces cuando ella descubrió que mi don era genuino. Para mí lo era desde mi adolescencia.
Se arrodilló a mi lado y me lavó el miembro con una toallita encremada que olía a nenúfares.
Me cogió de las manos y me arrastró a una cama con sábanas negras. Cayó de espaldas. Su sexo parecía un manantial. Bebí de él. Mordí la vulva, lamí el clítoris. Lo apresé con los dientes y lo froté con la lengua mientras trabajaba su vagina y su ano con los dedos de una mano y sus grandes pezones con la otra. Mi pulgar en su oficio diminuto era como una anguila prisionera en un tubo de ensayo.
Se corrió arqueando la espalda y conteniendo un gemido que al final escapó de su garganta como un silbido interminable.
Era el momento. Abrí sus rodillas con las mías, acerqué el falo a su raja y lo dejé que merodeara por los labios de la vulva y se frotara contra el clítoris mientras su silbido se convertía en un jadeo y su boca buscaba la mía para devorarla.
Todo su cuerpo era territorio hostil. Amistoso en la entrega pero hostil en los contoneos cuando, por fin, me hundí en ella mirándola a los ojos. Allí, en sus pupilas, leí un mensaje virulento. Era como si me transmitiera que ella, la exploradora frustrada por tanta búsqueda sexual, había llegado a un sitio que esperaba hallar desde hacía mucho tiempo.
Sentía sus orgasmos y confieso que a pesar de que estoy entrenado para resistir, aunque el estallido no significa que mi delfín pierda su vigor, tuve que hacer esfuerzos continuos para no descargarme todo el tiempo, tal era su vibración, su calentura, su jadeo.
-Déjate llevar… -me dijo casi sin abandonar el beso húmedo y profundo y obedecí encantado.
Cada quince o veinte minutos me miraba y yo me corría. En su boca, entre sus manos, sobre sus pezones, en la fisura hermosa de sus nalgas.
Al cabo de mucho tiempo me apartó con delicadeza para buscar el falo. Volvió a mamarlo, siempre tieso como un vigía en estado de alerta máxima, se sentó sobre él y se lo enfundó en el recto.
Ahora no me besaba, estaba perdida en algún lugar ignoto, al menos para mí, porque su mirada, sin la menor duda, había llegado a destino.
Mi rabo entre sus nalgas era sometido a meneos vigorosos, a mete y saca deliberadamente lentos, sus pechos al alcance de mi boca como los nutrientes que necesitaba para aquel safari interminable. Sabían a damascos.
Me corrí y ella gritó, pero siguió su galope indescifrable e imprevisible, feliz de aquel empalamiento que la había convertido, por fin, en esa lasciva danzarina etrusca que siempre la había habitado.
Volví a correrme con fuerza y su recto se llenó de esperma. Ella se levantó y dejó gotear todos los fluidos, míos y suyos, antes de ponerse en pie y mirarme con una pasión que me conmovió.
Me guió hasta el baño y entramos en la ducha. El agua caliente fue como un bálsamo. Nos enjabonamos y lavamos y besamos y ella permaneció todo el tiempo sujeta a mi erección como si temiera que fuera a marcharse.
Salimos así, mojados, y nos echamos sobre una gran piel de oso, artificial, claro, que había dispuesta, peluda y suave, antes una chimenea de grandes leños en un rincón del inmenso salón a oscuras.
Miró el fulgor de las llamas que bailaban sobre mi pecho. Entonces me lamió las tetillas, el vientre, el falo siempre enhiesto, los huevos, el culo cuando me flexionó las piernas y prosiguió así, devorándome, como si efectivamente fuese un velocirraptor hembra. Una velocirraptor voraz.
-¿Puedes seguir así todo el tiempo? —preguntó sin dejar de usar labios y lengua y manos en ese objeto del deseo que era yo. O, más precisamente, mi pene de acero.
-Es incurable. Sufro de una rara especie de priapismo. Me gano la vida con él desde los 14 años. Antes hacía exhibiciones en la azotea de los edificios del barrio. En verano. Gané las 48 horas de Serodino Norte por abandono. Todos se aburrieron de mi erección y se marcharon a la playa.
Sonreía con sinceridad ante mi explicación, mitad real, mitad fantasiosa, cuando sonó mi teléfono celular.
Me disculpé por apartarme de ella y mientras iba en busca del maldito artilugio la observé así, completamente desnuda, en la postura de la Maja de Goya, solo que perfecta, musculosa, con la piel tersa y apenas achocolatada, delgada y sinuosa.
Busqué la chaqueta donde estaba el teléfono y regresé al salón para mirarla. No podía dejar de hacerlo.
Escuché durante un minuto y lo devolví al bolsillo de la chaqueta.
-Tengo que irme —dije—. Una filmación.
-Entiendo.
La besé en los labios y me guiñó un ojo mirando el falo. Estaba en situación de descanso, pero su mirada lo hizo alzarse como por un encantamiento.
Lo acarició como a una joya largamente ansiada.
-Está cada vez más dura —dijo con la voz convertida en una caricia de marta cibelina sobre el culito de un bebé. Así de tierna, quiero decir.
-No, está siempre igual de dura. Ése es el secreto -dije, una vez más.
-¿Cómo no has salido en alguna revista científica, o mejor, en una de esas que todavía existen, ya sabes, eróticas, para mujeres o para gays o para cualquier género que ansíe disfrutar de algo semejante?
-Procuro trabajar lo menos posible y cuando lo hago cumplo con lo que me toca, a veces sin hacer nada y otras suplantando al tipo con problemas. Mi eyaculación pone fin a la escena, dejo que el falo se ablande con toda normalidad, me ducho, me visto y me marcho. Nadie conoce mi secreto, solo que mi caballero no se rinde jamás. No soy un espectáculo de feria. Aunque me encantaría serlo solo para ti.
-¿Entonces volverás? -preguntó sin dejar de acariciarme mientras me vestía.
Sonreí y salí de aquel apartamento y de su atmósfera de sensualidad epidémica.

Fui al plató y miré la escena en la que el actor, un tipo al que conocía, musculoso y bien dotado, que jamás había tenido un gatillazo, recorría el plan clásico del cine X. A saber: caricias, chupones, mamada, cunnilingus, tal vez analingus a ella o a él o los dos a los dos, penetración vaginal, mamada, penetración anal, mamada y eyaculación facial. Es el recorrido clásico, sí, pero son las actrices y los actores la que convierten esa escena en algo glorioso.
Fue glorioso, de modo que no tuve que trabajar. Me pagaron en el acto. Me duché y me vestí. Había estado envuelto en un albornoz mientras se sucedían los minutos del rodaje que, al final, superaron las tres horas de combate.

Ansiaba regresar junto a aquella mujer de seducción despiadada. Piqué el timbre del edificio con el temor de que todo hubiese sido un sueño, pero el zumbido del portero eléctrico me permitió el acceso y acabo con aquel súbito ataque de angustia. Subí en el ascensor desnudándome y hallé la puerta del apartamento abierta.
Ya estaba desnudo, de modo que arrojé la ropa y los zapatos en cualquier parte.
Entré en la habitación sonriendo. Sentí que había llegado a mi destino.
Happy Rain era la auténtica maga de la felicidad. Hermosa, desnuda, recostada sobre la piel de oso, iluminada por el fuego, abrió ligeramente las piernas y sonrió ante mi mascarón de proa que ya oraba en dirección al cielo.
Me pasó crema durante mucho tiempo por el tronco, asiéndolo con las dos manos, abrillantándolo, chupándolo y así continuó metiéndose la verga por el sexo y por el ano, mamándola... interminablemente.
Yo la besaba en la boca, le comía el clítoris, lamía su vagina, chupaba los pechos de pezones erguidos y le metía la lengua en el ano trémulo... y ella disfrutaba y gemía y tenía un orgasmo tras otro y me decía que era el hombre de su vida, el único que la complacía hasta el desatino… pero lo que realmente la volvía loca era mi verga y su tensa e infinita dureza.
Era como si librara contra ella una lucha personal que, sin embargo, no le importaba perder. Que, incluso, deseaba perder.
Los dos ganamos, una y otra vez, hasta que decidimos ducharnos y beber un trago, desnudos y saciados, junto al fuego.
-Amo al doble -dijo ella de pronto, mirando las llamas.
-Al doble y a su enfermedad -añadí, bromeando.
-No es una enfermedad... es una bendición —replicó ella, mientras se acomodaba entre las piernas para hacerse cargo del periscopio.
Cerré los ojos y me dispuse a gozar sin moverme.

No es una enfermedad... es una bendición, había dicho y me pareció una definición hermosa aunque ligeramente obscena en tiempos de fundamentalismos religiosos y legiones neofascistas.