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Relato erótico: PseXoanálisis

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20/03/2019
Las sexólogas no somos mujeres de carne helada. El hecho de ser profesionales en la especialidad sexual no significa que prescindamos de nuestros instintos cuando estamos con un paciente... o una paciente. Ese fue precisamente el tema de mi conferencia: «Mi sexo tiene vida propia».
La idea de la ponencia surgió a lo largo de varios años de práctica, pero se confirmó hace unos doce meses. Aproximadamente. Llegó un paciente nuevo que me hizo vibrar de un modo inusitado. Y allí cambió mi vida.

-Doctora, no me voy a andar con rodeos. Mi mujer está preocupada por mis apetitos. Ante todo le diré que tengo ganas de hacerle el amor todo el tiempo, de día y de noche. Salgo de mi trabajo, a veces dos y tres veces cada día, para correr a casa y echarle un polvo a mi mujer. Al principio a ella le encantaba. Pero luego necesité... no sé, una dosis de reciprocidad genuina...
Se interrumpió un instante. Era guapo, joven y atlético. Y su mirada destilaba libido como lágrimas de colores.
-Le daré un ejemplo, doctora. La semana pasada, por ejemplo, entré en casa a media mañana y la encontré tendiendo la ropa en camisón. La cogí por detrás, la desnudé enloquecido, la apreté contra la baranda de la terraza y la penetré entre las nalgas mientras todo el barrio podía vernos.
“O en el cine... la masturbo, le acaricio los pechos, la instigo a que me haga una paja... Es como una obsesión ¿sabe? Porque no me interesan otras mujeres. Es sólo con ella que me vuelvo loco. Y claro, por la noche, en la cama me paso horas lamiéndole la vulva tierna, tibia, húmeda, con ese sabor que es como una droga...
“A veces intento observarme desde afuera, ya sabe, como si fuera otro espiándome a través de alguna mirilla oculta y durante esos momentos de fantasía, bueno, actúo como si aquello estuviese realmente sucediendo: un tipo desconocido y con el falo duro observándome en mi ceremonia de interior.
“Anoche mismo me sucedió. Claro que no puedo compartirlo con ella, con Nora, mi mujer letal. Llegó recién duchada, desnuda, secándose. No lo hace deliberadamente, para excitarme todavía más, sino que es natural en ella. ¿Quién no sale después de una ducha envuelto en una toalla? A mí me conmueve como una llamada atávica. Imaginé que el techo del cuarto era un espejo y que en la habitación de arriba había varios tipos observando lo que hacíamos como si se tratara de una de esas ventanas que utilizan en las salas de interrogatorios…
“La atraje hacia mí, le quité la toalla, la besé en la boca, en el cuello, en los hombros, mordí sus pezones con sabor a gel de baño, mis manos avanzaron por su espalda, aferraron las nalgas poderosas… Ahora, de solo recordarlo para explicarle lo que me sucede… me siento enloquecer.
Confieso que mientras aquel paciente hablaba, arrastrado por su pasión, sentí que todo mi cuerpo se convertía en carne álgida, que mi sexo comenzaba a liciarse de calentura e imaginé mis bragas chorreando fluidos que brotaban a partir de aquella potencia sexual del tipo que no dejaba de hablar.
-Le lamí los pechos, el vientre, llegué al pubis, rasurado y caliente, busqué la grieta y lamí la vulva, le metí la lengua con avidez, le mordí el clítoris con suavidad y le froté la lengua por el lomo de ese carozo rojo y sensible.
“ Pero hay más. Últimamente compro unas cremas raras en un sex shop y le unto todo el cuerpo. Hay una, sobre todo, hecha con savia de mandrágora, que sirve para encender, si fuera necesario, que no lo es, su sexo, su ojete y mi glande, y nos acariciamos con esa pócima hasta que, en ocasiones, su primer orgasmo y mi eyaculación acaban allí, entre los dedos embadurnados…
Yo estaba allí, con ellos, mientras convertía la paja mutua en una obra de arte, y ardía, confieso que ardía. Ya no me importaba mi código deontológico ni mi profesionalidad, solo quería proseguir atrapada por aquella atmósfera encendida que había generado el tipo con su fiebre sexual. Deseaba ocuparme yo de su verga, sentirla en mis manos, que creciera, se dilatara, se convirtiera en un mazo palpitante hasta que desembocara en un monstruo hambriento. Hambriento de mí.
En ese momento, cuando lo miraba sin verlo, me di cuenta de que había abandonado su relato y me observaba de un modo diferente, sorprendido, expectante.
-Creo que está llegando a mi mundo -dijo-. Creo que ahora sí me comprende…
Recordé una de mis fantasías más locas. Una mano desnuda emergiendo del bidet sólo para masturbarme. Yo entonces cerraba los ojos y estiraba la cabeza hacia atrás, tensando los pechos, estirando los muslos, apartando las rodillas, ofertando el coño desnudo y abierto a esa mano solitaria y hábil, como la de la Familia Addams, hurgándome la vulva, metiendo y sacando sus dedos de mi vagina, revoloteando sobre el clítoris como una mariposa en llamas, edificándome un placer torturante e interminable.
Su mirada seguía clavada en la mía mientras aquella imaginería torturante y despiadada ocupaba todo mi cerebro y se diseminaba por mi entrepierna como si la mano efectivamente estuviera allí. Su mano estuviera allí.
Y ese pensamiento me delató.
-¿Cree que lo mío es una enfermedad? -preguntó entonces, mientras yo sostenía el orgasmo que burbujeaba entre mis muslos.
-Discúlpeme un momento, por favor —le dije y salí con paso inseguro para ir al cuarto de baño.
Cerré la puerta, me quité el vestido y las bragas mojadas. Muy mojadas. Me senté sobre el bidet, abrí el agua tibia, me lavé un segundo… solo un segundo porque sin poder evitarlo, sin desear evitarlo, mis dedos se ensañaron con el clítoris y entraron y salieron de mi vagina hasta que me corrí como una posesa, mordiéndome una mano para que el alarido que pugnaba por escapar permaneciera contenido. Todo mi sexo estalló como si allí hubieran fuegos artificiales durante una fiesta popular.
Me lavé durante varios minutos con agua templada, me sequé con múltiples toallas de papel, me puse el vestido y dejé las bragas inservibles en el cubo de residuos. Quedarme así, con el coño desnudo bajo el vestido es un arma montada que los demás no ven pero que a mí me pone terriblemente cachonda.
Cuando regresé a la consulta, mi fogoso paciente continuaba allí, aguardándome. Aquella incursión al lavabo no había calmado mi excitación.
Evité mi sillón y me senté detrás del escritorio, algo normal en mis sesiones, y le observé mientras mis manos, ocultas por la mesa, recorrían el interior de mis muslos.
Me observó un largo minuto con una sonrisa comprensiva y luego prosiguió con su relato infernal.
Me explicó que penetraba a su mujer mientras hacía la colada, mientras revolvía el sofrito en la sartén, cuando subían en el ascensor... e incluso en plena calle, de madrugada, cuando regresaban de alguna cena, en un portal cualquiera.
Y me daba detalles enloquecedores. Sus sabores, el modo en que ella le chupaba el falo, los testículos, el ojete, cuando respondía con excitación a su pasión indoblegable.
Estoy segura de que comprendéis la situación. MI situación ante aquel paciente diferente, atrapado en su deseo incontenible mientras yo caía una y otra vez en su propia trampa como una víctima silenciosa… ¡y feliz!
Con el tiempo, cada vez que llegaba a la consulta yo tenía preparado mi propio ritual. Por ejemplo, un consolador que me metía en el sexo en cuanto entraba en la consulta.
Él hablaba y yo me masturbaba haciendo grandes esfuerzos para no correrme, para no aullar de placer, aguantando. Me fascinaba hacerlo así, en contra de toda ética profesional. Metía y sacaba el gran dildo bien encremado. Abría mucho las piernas y me imaginaba que él sabía lo que estaba haciendo detrás de la mesa de escritorio. Que era él quien me penetraba con su verga furiosa. Otras veces lo recibía con un pequeño vibrador hundido en el ano y al que ansiaba encender pero me contenía porque el sonido iba a alertarlo y entonces sí que todo se iría al garete.
-Nora no dice nada, no se queja -proseguía siempre con el mismo tema-, pero yo detecto que mis asaltos tienen una frecuencia despiadada y que no siempre le apetecen esos escarceos inesperados. Reconozco que debería ser más… no sé, tener más calma, más serenidad, procurar ser más considerado con ella. Lo sé, pero no puedo resistir la locura que me produce solo pensar en Nora, de modo que en cuanto la veo enloquezco…
“El ritual es una exploración infinita. Le abro las nalgas y lamo la raja de arriba abajo, la lleno de saliva, luego meto los dedos en el pote de crema y los sumerjo en su recto. Ella se enloquece... pero cuando va por el cuarto o quinto orgasmo, víctima de la doble penetración de mis dedos actuando junto dentro de sus orificios, bueno, entonces comprendo que debería detenerme…
Yo lo escuchaba sin mirar la hora pero deseando que no se marchara para retrasar mi goce. Porque mi propio orgasmo era una creación lenta y artesanal que debía estallar en soledad y, a la vez, deseando hacerlo para él, solo para él.
Desde que vino a mi consulta practico toda clase de juegos autoeróticos imaginándome que es él quien los dirige. Y de algún modo los dirige con el relato de sus polvos. Bolas de geisha que me saco de una en una del ano mientras él me explica cómo introduce un dedo, luego dos, luego tres y finalmente toda la mano en la vagina de su mujer y la deja allí hasta que ella, agotada, se duerme con el coño bien abierto y habitado.
No os lo he dicho, pero tengo un amante. Un hombre con el que sólo me acuesto dos o tres veces por semana. Un tipo muy hábil en la cama pero que... repentinamente... perdió todo su encanto. Mientras me desnudaba y comenzaba a descender tras el rastro de su lengua a lo largo de mi cuello, encaramándose a mis pechos, mordisqueando los pezones, llenándome el ombligo de saliva, abriéndome el coño para pincelear los labios con una lengua cada vez más caliente, sorbiéndome el ano... antes de meterme la verga... Mientras él hacía todo eso yo imaginaba que era mi paciente quien estaba allí, encima de mí, horadándome con un falo inclaudicable en las profundidades de mi vagina y con un dedo clavado muy hondo en mi culo. Cerraba los ojos y mi amante era un objeto sexual al que utilizaba para ponerle el rostro de aquel paciente desenfrenado que había convertido mi piel en un territorio volcánico en erupción permanente.
Estaba tan caliente que el roce de un hombre en el autobús me provocaba un estremecimiento. Una mirada libidinosa me llenaba el coño de zumo. Una palabra halagadora hacía florecer mis pezones a través de la tela del vestido. Era una caldera al borde de una explosión definitiva. Me masturbaba varias veces al día y me había convertido en una mujer multiorgásmica. Todo aquello comenzaba a ser peligroso.
De modo que tomé la decisión de acabar con ese periodo de sexualidad feroz. El tipo me estaba contagiando su frenesí. Comprendí el dolor de su esposa. El placer y el dolor de su esposa, seamos justos.
Cuando llegó a la siguiente sesión y comenzó a relatarme el modo en que había pasado un guante de marta cibelina untado con almíbar de melocotón por el vientre y la entrepierna de su mujer me puse en pie, subí a la mesa del escritorio y me exhibí con el vestido enrollado a la cintura.
¿He dicho que estoy en la treintena y tengo un cuerpo para el delito y un rostro bellísimo? La modestia no me va, de modo que estáis avisados.
Él se acercó con el rostro demudado y utilizó los dientes para sacar el consolador que sobresalía de mi culo, el pequeño vibrador que aparecía como una lengua de plata de las honduras del ojete.
A continuación me lamió la vulva, me succionó el clítoris, me besó el ano, me metió todos los dedos de una mano en el sexo y el pulgar de la otra en el ojete. Me echó de espaldas sobre la mesa, me penetró con aquel falo que tanto había imaginado y copulamos durante horas por delante y por detrás.
Entre una y otra estocada yo cogía la verga entre mis manos, como un tótem diseñado para su adoración, para mi adoración, y lo acariciaba, lo chupaba, lo lamía, metía los huevos en mi boca, me corría con aquel mandoble prepotente e inclaudicable hasta que volvía a enfundarlo en mi vagina o entre mis nalgas. Allí, en el centro de mi culo, duro de gimnasio, se produjeron las mejores sodomías que he disfrutado en mi vida. Cuando por fin me corrí por enésima vez, definitivamente exhausta, y él eyaculó en mi rostro su último disparo ya era de noche.
Se vistió sin tan siquiera pasar por el cuarto de baño.
-Adoro tu olor a sexo mezclado con el mío -explicó.
Me besó en los labios, sonrió con ternura y añadió:
-Estoy curado, doctora. Creo que era esto lo que buscaba, una sustituta que me demostrara que puedo hacerlo con alguien que no sea mi mujer. Me siento liberado. No veo el momento de encontrarme con Nora.
¿Qué podía decirle?
Cuando se marchó no lo eché de menos. Yo también me había curado. De modo que escribí esta ponencia... y ahora estoy pendiente de una sentencia del Colegio de Sexólogos. No creo que se atrevan a suspenderme... a fin cuentas yo sólo he cumplido con mi deber, me he implicado en el problema, he puesto mi sexo al servicio del sexo. Soy una pionera... ¿o no?

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