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Relato Erótico: El vecino del ático

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27/03/2019
Sólo le había visto media docena de veces, nos habíamos saludado con esa sensualidad que emana de dos personas que se atraen, intercambiado alguna broma acerca del torso desnudo de los líderes escorados fuertemente a la derecha y de que a los dos nos había dejado alguna huella sexual aquella insigne publicidad machista de la chica de la motocicleta que muestra los senos turgentes bajo la cazadora de cuero con la cremallera pícara demasiado abierta, mientras una voz dice que está buscando a ese tal Jacques. Decidimos que ya era hora de que, por fin, diera con él para que, al menos en la ficción, el tipo disfrutara de sus tetas tan deseables y expuestas. En fin, nada del otro mundo, más bien de éste.

Así las cosas, sin más intimidad que la fantaseada, sucedió que esa mañana de domingo me levanté terriblemente excitada y decidí en busca de mi extraño vecino. Me envolví con una bata corta con la que me siento como una mujer fatal, me calcé unos mocasines de andar por casa y subí hasta su apartamento.

Golpeé en la puerta con los nudillos. No hay nada más irritante que el sonido del timbre a primera hora de la mañana. En cambio, el golpe de una mano tiene algo de íntimo, de secreto, de privado, como una señal, una contraseña entre camaradas.
Abrió la puerta con cara de sueño.

Sin gafas parecía diferente. La barba le azulaba el rostro y el cabello sin peinar parecía más largo y le confería un cierto aire de picardía juvenil.

-Pareces sorprendido de verme, Rocco. Sólo he venido a compartir un zumo de naranjas y alguna acrobacia espontánea al compás de Ravel.

Sí, ya sé, aquella película que hizo tanto daño a la serenidad de los caballeros cuando Bo Derek corretea en cámara lenta por la playa y sus hormonas enloquecen con el Bolero de Ravel, queda algo lejos. Demasiado lejos, tal vez. Pero había vuelto a verla a instancias de mi madre y Rocco, lo sabía, era un fanático del cine, y había sido él, precisamente quien me había hablado del film en nuestro último encuentro en el ascensor.

Me pidió un minuto como lo hacen los entrenadores de baloncesto y desapareció en el baño. Cuando volvió a mi lado, ataviado con una camiseta y el amplio pantalón de un pijama, yo tenía el zumo listo. Se acercó a mí como si danzara. Al menos eso pensé yo mientras su cuerpo esbelto y musculoso se contoneaba como un chulo de playa pasado por la elegancia de Fred Astaire.

Yo llevaba la bata corta con el encanto de una meretriz ateniense en algún péplum, y una braga elástica y minúscula. Dancé a mi manera, con una sensualidad que me conocía, dejé caer la bata en el suelo y nos encontramos en medio del salón.
El abrazo fue casi tierno, pero su boca en la mía parecía una criatura desenfrenada.
No obstante aquella entrega que parecía definitiva, se apartó para servir dos vasos de jugo de naranjas, me entregó uno de ellos, brindamos como si fuera el mejor champagne de la Tour d’Argent y luego los dejamos en una repisa para regresar fascinado al abrazo interumpido.

Sentí su aliento ardiente en mi oreja y sus manos recorriendo mi espalda con un tacto delicado y ansioso.

Le quité la camiseta y observé el pantalón del pijama triangulado por la erección indómita y vibrante. Era como una llamada. El abrazo, el beso, el modo en que me quitó las bragas y dejó desnudo mi sexo recién rasurado nos llevó hasta el dormitorio danzando, prisioneros de la pasión, pero con una cautela que regulaba el arrebato furibundo. Nada que ver con esos encuentros eróticos que en las series hacen que las parejas no solo rompan todo lo que hay en las estanterías, sino que, además, follan de pie, contra la pared o algún mueble, a pesar de que la horizontalidad de una cama permite juegos más bulliciosos, cómodos y creativos.

En la penumbra de su apartamento, en aquella deliciosa mañana de invierno, tras la danza del deseo, exploré su torso velludo y acaricié sus nalgas duras. Estaba tenso y silencioso. Deduje que debía ser alguna de sus estrategias sexuales y estuve encantada de seguirle el juego.

Llegamos al dormitorio y caímos sobre la cama.
Le besé las tetillas y lamí sus pezones. Dejé un reguero de saliva mientras descendía hasta el ombligo, con el pene crecido apretando mi garganta bajo la funda del pijama, y luego le acaricié la carne endurecida con la mejilla.

Continué descendiendo y mis manos le quitaron el pantalón. Su sexo estaba gordo y murmurante, como un semental enano, desmembrado, enloquecido por el dolor de la contención.

Pasé la lengua por sus muslos peludos y le abrí las piernas para alcanzarle la trastienda del escroto. Allí flirteé con su carne temblorosa y le hundí la nariz entre los huevos. Olía a colonia y a hombre. Mi lengua zigzagueó por el rabo hacia el norte, procurando abrillantarle toda la piel de saliva, hasta llegar a la mínima cornisa donde crecía el glande.

Estirada y cómoda entre sus piernas, con las manos sujetas a sus nalgas y los dedos jugando con la raja de su culo de piedra, cogí el falo en la boca y lo obligué a ascender hasta que estuvo perpendicular al vientre.
Lo sentía tenso y desbordante de latidos, como un gran testuz venoso que se inflamaba por momentos y se agitaba hambriento cuando lo abandonaba.
Cerré los dientes sobre la corona del glande y oficié un lento sacrificio ritual sobre la cruz del prepucio.
Lo masturbé mientras traba sus pelotas uno a uno mirándolo a los ojos. Tenía las pupilas cubiertas de lágrimas, respiraba con fruición y no apartaba su mirada de la mía.
Por primera vez le oí gemir. Fue un sonido hondo y cavernario, como el bramido apagado de un animal irreconocible. Aquel gemido me alteró la sangre, se coló en mis glóbulos, los llenó de una savia nueva y rebalsó entre mis piernas.

Me agité con aquella oleada orgásmica sin soltarle la verga y lamí, mordí y succioné su carne alborotada como si deseara inocularme su gusto en el paladar.

Sentí que mi sexo goteaba entre mis piernas y unté una mano con aquellos chorros lubricantes para que la paja que acompañaba mi mamada le humedeciera el glande enrojecido, casi de color púrpura.

Había tensión en sus músculos, como si en sus fibras se enfrentaran dos mensajes distintos. Estaba echado de espaldas, apoyado en las almohadas, contra el cabezal de la cama, las piernas ligeramente encogidas, los brazos estirados sobre la cabeza, en una postura tan entregada como vulnerable.

“Crucificado para gozar·, pensé, feliz y cada vez más excitada.

Decidí comportarme como una mujer de mi época, es decir, esos comienzos de milenio habitados por los dramas cotidianos; ya se sabe, enfermedades, terrorismo, hambre, desfalcos de financieros que quedan impunes y desfiles de Armani. Todo ello, en su conjunto, podían conducir al Carpe Diem catártico.

¿Hay algo mejor que el sexo para olvidar las miserias del mundo que estamos destruyendo?
¿Os parece una meditación impropia en medio de aquella marabunta de caricias y exploraciones de sexo ensalivado y lujurioso?

No importa, porque tengo esos arrebatos indisciplinados que, al menos en mi caso, contribuyen a llevar el deseo a cotas indescriptibles.

El Bolero de Ravel continuaba sus andanzas repetidas, y experimenté un estado al que solía acceder cuando perdía el control: mi temperatura subía y colonizaba la piel de mi amante, avanzaba por sus esfínteres y le doblegaba sin misericordia.

Mi calentura era como un virus contagioso y bienvenido. Lo comprendió con todo el cuerpo antes que con su cabeza y casi sonreí porque respondía exactamente a mi ansiedad.

Entones, así, de pronto, me cogió por la cabeza, me obligó a ponerme de pie, giró como un danzarín, me apoyó contra una mesilla y apuntó el pene a mi raja.

La verga culebreó entre mis muslos, rozó la vulva expertamente, se aventuró con cautela hasta olfatear la entrada de la vagina y se lanzó de golpe a mi interior, como un ariete en su última embestida.
La sentí crecida en mi cuerpo, latiendo, vibrando, acurrucándose en mis rincones, saliendo y entrando, mientras sus manos me aferraban con fuerza por los pechos y su rostro me hería la mejilla, la oreja, el hombro, la espalda con la barba hirsuta.

Sus piernas se tensaron de golpe y creí que jamás podría desclavar su espolón de mi herida.

Un orgasmo salvaje escapó a mi control, abrigándole el glande inquisitivo, pintándolo de jugos hirvientes, uniéndose a su propia eyaculación y componiendo un elixir químico allí abajo, donde los cuerpos se habían prendido el uno del otro como auténticos parásitos.

Se apartó al cabo de un largo minuto y vi su potrillo cabeceando en el aire, lloviznando los restos de su andanada.

Lo apresé con fuerza y lo masturbé entre mis labios, desafiando la garganta profunda, lanzando mi lengua contra su brillante corola de esperma como si fueran latigazos de una serpiente hambrienta, mis manos apoyadas a los lados de la cadera.
Lo observé una fracción de segundo y había alzado el rostro y miraba un infinito privado en el techo blanco.
Le cogí los huevos con la mano derecha y los acaricié con un movimiento cuidadoso y envolvente. Sentía mi palma caliente contra la textura globosa de los testículos y casi podía intuir el modo en que surtía el efecto buscado.

Su rabo era como una tubería de acero al rojo vivo, irritada por la firmeza de la presión de mis dedos, enloquecida por los lengüetazos que recogían su jugo como de un grifo roto.

Luego, muy lentamente, hice que se sentara en el suelo, me agaché, humedecí mis dedos con el semen que abrillantaba su vientre y unté con él el agujero de mi ano.

Sus ojos tenían la mirada perdida, más allá de mí, en algún paisaje en el que sólo reinaba el goce, un goce que podía resultar letal pero que en aquel momento no lo vivía más que como un estado de gracia.

Le di la espalda y me acuclillé lentamente, como una vaquera experta, hasta que hice que su verga entrara en mi recto donde la alojé profundamente. Le indiqué con un gesto que no se moviera y comencé a subir y bajar como en un ejercicio de aerobic, sólo que definitivamente más perturbador.

Aquel enculamiento poderoso, prieto, húmedo e hirviente nos hizo gemir como si estuviéramos a punto de alcanzar la meta tras una larga y esforzada maratón. Brillábamos de sudor, semen y saliva. Mi mete y saca con sube y baja no podía durar. Lo percibía luchando por conservar su estallido y, en honor a la verdad, también yo me encontraba al borde del abismo.

Una de sus manos acompasaba mi sube y baja con una caricia rítmica sobre mi clítoris y así sin aviso eyaculó largamente, gimiendo de un modo bronco mientras yo sostenía unos segundos más mi propia explosión hasta que me dejé ir y casi tuve un vahído mientras los últimos espasmos nos atravesaban como flechazos deliciosamente mortales.

Permanecí sentada sobre él, el rabo clavado en mí, hasta que me levanté con mucho cuidado, me giré y le vi el rostro feliz y arrebolado. Nos besamos con fruición mientras mi orgasmo goteaba sobre su cuerpo como si fuera el final de un largo día lluvioso.

-Quiero que me firmes las nalgas -dije.
Se apartó de mí y desapareció en otra habitación para regresar al cabo de un momento armado con un rotulador color lila y dejó su firma en mi carne.
De regreso en mi apartamento me fotografiaría su caligrafía sobre mi piel y luego archivaría aquella conquista en mi carpeta de los glúteos autografiados.

Me ofreció su cuarto de baño para que me duchara, pero lo rechacé con una sonrisa y un leve beso en los labios. Necesitaba aquellos aromas duran algún tiempo más.

Fue él quien buscó mis bragas y me abrigó con ella el sexo y el culo rezumantes. Me envolvió en la bata corta de cortesana antigua y se inclinó para alojar mis pies, amorosamente, dentro de los mocasines.

Luego, abrazados, me acompañó hasta la puerta del piso y me despidió con un beso en el cuello. Le dejé a Ravel, aunque su Bolero hacía mucho rato que había dejado de sonar.

Me encantó que no dijera una sola palabra.

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