Este portal contiene material sensible de carácter sexual, y por tanto al hacer clic en "ENTRAR", admite:

  • Que es una personas mayor de edad en su país de residencia. Si usted es menor de edad, por favor, abandone de inmediato esta página.
  • Al acceder a este material usted admite que lo hace de forma voluntaria, a conciencia y bajo su responsabilidad.
  • Queda terminantemente prohibido exhibir este material a menores de edad o a cualquier otra persona que pueda resultar ofendida.
Entrar
Salir

The End.

0
3rzf_qmthe end.jpg
03/04/2019
No sé cómo explicarlo y, la verdad, si me decidiera a compartirlo, cosa que no haré, no me importaría demasiado que me creyeran o no.

Ahora formo parte de lo que se podría llamar, más justamente que nunca, un expediente X. Tengo 24 años, soy modelo y muy exigente, de modo que no me gusta salir con cualquier hombre. O son estúpidos, o huelen mal, o les interesan cosas que me aburren, o quieren fardar de su conquista con sus amigos del bar, o son intelectuales que desean convertirme en un objeto sexual, como todos, pero tras la máscara de una pedantería que me irrita.

De modo que aunque soy muy guapa no tengo la vida sexual que ansío. O no la tenía. Sucedió hace aproximadamente un mes.

Veréis...

En la tele, muy tarde, no sé en qué canal, apareció una mujer de mediana edad con aspecto de astróloga, o vidente, no lo sé muy bien, que decía que el poder de la mente lo es todo. Uno puede curar enfermedades, triunfar en los negocios, seducir a un príncipe o aplastar a un enemigo. Sólo hay que concentrarse en ello. Por supuesto no le creí nada de lo que decía.

En fin, a lo nuestro, que apagué el televisor, me duché y me estiré desnuda en la cama. Unté todo mi cuerpo con crema humectante y comencé a ponerme cachonda en la habitación completamente oscura. Estaba acariciándome la vulva con los dedos cuando, así, a solas, casi sintiéndome ridícula por mis palabras, dije en voz muy baja: “Quiero que me chupen, me laman, me acaricien…”

Abrí los ojos y me encontré sin que me produjera la menor sensación de terror, una suerte de sombra viril que comenzó a acariciarme los pechos con unas manos fuertes y cálidas.

Cogí aquellas manos con las mías, pero entonces una boca que apenas podía imaginar, de labios carnosos y húmedos, devoró lentamente mi vientre, lamió la base de mis pechos, apartó mis manos y mordisqueó mis pezones, los chupó y durante un buen rato llenó mis axilas, mis hombros, mi cuello, mis orejas y mis muslos con un reguero de saliva caliente que hacía brotar el zumo de mi raja.

Luego alcanzó la perla del clítoris, la asió con los dientes, suavemente, y comenzó a aletear con la lengua ligeramente áspera sobre el lomo irritado. Me corrí poseída por una sensación tan intensa que sería inútil tratar de explicarla.

Todo lo que había imaginado había sucedido. Entonces repetí otra vez en voz baja: «Me gustaría una boca sabia, de gran lengua carnosa y labios calientes que se ocupara de mi coño».

Y la boca prosiguió con su andadura. Esos labios rojos, de dientes blanquísimos y lengua todopoderosa se dedicaron con suavidad, casi con prudencia, a lamer mi sexo que estalló una y otra vez a lo largo de pequeñas deflagraciones tan calientes como deliciosas.

«Ahora lámeme con suavidad, hasta que me duerma...», murmuré, todavía estupefacta, y me dejé llevar por aquella sensación de maravillosa serenidad.

Me dormí mecida por aquella lengua que se introducía en mi coño y salía de él con infinita dulzura.

Confieso que estuve todo el día siguiente como una zombi. No se lo expliqué a nadie. Mis amigas del mundo de la moda jamás entenderían lo que denominarían “un delirio”.
No diría nada a nadie, sería mi secreto.

La noche siguiente pensé en aquella boca sabia con una pasión intensa y lo dije: “Dame tus labios y tu lengua…”

Y allí estaba, mágicamente, chupándome el sexo con una lascivia infinita. Yo veía sus movimientos fluorescentes como un animal de neón rabioso en mi carne trémula. Resistí el orgasmo que pugnaba por vencerme y dije:

«Quiero dos manos poderosas, de dedos gruesos que se ocupen de mi cuerpo hasta volverme loca...»

Y allí estaban. Manos de un hermoso color ocre destellando en la habitación completamente oscura, como en un dibujo animado. Los dedos húmedos de saliva, y también de mis fluidos, cubrieron cada partícula de mi cuerpo con su roce caliente, se hundieron en la raja del sexo, bordearon el orificio del ojete, acariciaron infinitamente mis nalgas, mis pechos, mis pezones... donde diseñaron figuras imposibles y con todos los ritmos hasta que tuve un orgasmo diferente, interminable.

Luego las manos me dieron la vuelta, colocaron una almohada debajo de mi vientre y sentí el frescor de la crema humectante en mi espalda. Fue un larguísimo masaje que convertía la piel de mi espalda en un territorio salvaje, repleto de insectos carnívoros copulando como locos. Las manos tardaron lo que a mí me parecieron horas en llegar al culo. Y allí estuvieron mucho tiempo tocando puntos de mis nalgas que producían estallidos interiores desconocidos, hasta que por fin, en medio de mis apagados aullidos de deseo, masajearon mi coño y mi ojete, introduciendo primero la punta de los dedos y luego todos ellos en mi sexo y dos más en mi ano en un ejercicio de tortura tan feroz como feliz.

Sentía mis orgasmos humedeciendo las sábanas en la oscuridad como un río de lava que se desbordara de mi vagina.

A la noche siguiente me di un baño de espuma y me tendí húmeda sobre la cama, abierta en cruz, como si fuera una virgen dispuesta para el sacrificio, una princesa azteca sobre el altar de los ritos pecaminosos.

Apareció solo con mi invocación mental.

Todos los dedos actuaban sincronizadamente y mis músculos se contorsionaban bajo el efecto de una pasión como jamás había sentido. En el último instante, cuando mi corazón latía como el de una potranca desbocada, las manos luminosas me atraparon la vulva para un masaje muy líquido, preciso, de norte a sur, y de este a oeste cuando alcanzaban el clítoris. No sé cuánto duró aquella masacre sexual, pero me dije, encantada conmigo misma, que iba a quedarme sin orgasmos.

Y entonces un dedo entró por completo en mi ano dilatado y se alojó en el recto. Me masturbó, me copuló, por el culo mientras la otra mano se ocupaba de insertar uno a uno... todos ellos en mi vagina abierta como una flor de pétalos gigantes. No sé cuántas veces me licué, pero aquellas manos hábiles y encendidas supieron cuando dejar de actuar y entonces me acariciaron casi maternalmente hata que sentí que me adormecía. Estaba saciada.

—Hoy pareces feliz —me dijo el fotógrafo de la revista de modas. Un tipo parco y de pocas palabras mirándome con la primera sonrisa que había visto en su rostro—. Trabajas como una diosa.

«Una diosa», pensé. «Soy una diosa».

Esa noche salí a cenar con dos amigas y tres hombres muy atractivos... por cuestiones publicitarias. Sin embargo, yo estaba muy lejos de allí. Bailando en la pista en penumbras “I’m in the mood for love”, en versión salsa, solo deseaba regresar a mi apartamento, a mi baño de espuma, a mi cama e invocar a mi amante para que me habitara hasta el aullido.

Llegué a casa muy tarde, luchando con mi acompañante que tenía el falo como una torre de hormigón armado bajo el pantalón del smoking. Decidí ser generosa y mientras conducía su Porsche le abrí la cremallera, extraje su cipote y acerqué mi boca a él. No iba a mamarlo, sólo a dejar mi aliento caliente y húmedo sobre el glande desnudo mientras lo masturbaba con una mano y con la otra le acariciaba los huevos. Eyaculó en dos minutos y me ocupé de limpiar la descarga con su pañuelo que olía a Gio de Armani.

Lo dejé agitado y embadurnado y corrí hacia mi portal dedicándole una última sonrisa.

Me duché, me perfumé, cambié las sábanas por un juego de seda con grandes flores negras y me dejé caer de espaldas. Apague las luces y sentí cómo todo mi cuerpo ardía en su propio caldo. Mi respiración comenzó a agitarse, pero yo procuraba postergar el momento de la petición. Jugaba con mi propio placer como si deseara torturarme sin piedad.

Pero no pude contenerme mucho tiempo. ¿Para qué? «Quiero dos vergas bien grandes que se ocupen de mí...»

Allí estaban. Dos falos como antorchas de colores, una lila y otra blanca, brincando erectas en la habitación, acercándose a mí. Durante una fracción de segundo pensé en una película que había visto y en la que aparecían condones que brillaban en la oscuridad de modo que en la pantalla oscura sólo se veían vergas enfundadas de colores yendo de un lado a otro.

El recuerdo sólo duró una fracción de segundo, porque ya tenía la verga lila contra mis labios. Abrí los brazos y dejé que penetrara en mi boca. La lamí, la mordí, la chupé y succioné. Sabía a melocotón salado. Un sabor exquisito y enervante. Y, además, lanzaba pequeños goterones de zumo a medida que mi felación se había más y más veloz y comprendí que era capaz de devorarla en garganta profunda como una auténtica profesional de la fellatio… Ese descubrimiento me excitó, si cabe, aún más. Mucho más.

Estaba completamente entregada a la mamada cuando de pronto sentí la otra verga, a la que había olvidado por completo, entrando en mi sexo. Abrí mucho las piernas y luego, cuando la tuve completamente adentro cerré los muslos. Era enorme, una criatura inmensa viviendo en mi vientre. Comenzó a moverse, llegando a todos los rincones, dando volteretas, girando en mi interior, besando con su glande de fuego las paredes lechosas de mi vagina.

Yo apenas si podía respirar con la verga que se agigantaba en mi boca... Cuando eyaculó tragué toda su savia convencida de que era el nutriente preciso para poder resistir lo que todavía me aguardaba. Casi sincronizadamente experimenté un orgasmo poderoso que se mezcló con otra eyaculación interminable que hirvió en mi vagina agradecida con un sonido de chapoteo demencial.

Apreté con fuerza los ojos y dije «las quiero a las dos dentro de mí». Siempre había deseado experimentar una doble penetración, pero... ¿qué ciudadana corriente tiene posibilidades de encontrar dos tíos adecuados para el experimento...?

Yo era esa ciudadana. Tenía los dos mejores falos del mundo porque eran los que habían añorado mis ansias más profundas y, a la vez, los que educaban mis fantasías más temerarias con una sabiduría excelsa.

Me incorporé un poco en la cama para verlos actuar. El lila se abrió paso entre mis nalgas y durante varios minutos dejó un jugo lubricante en el portal del ojete hasta que comenzó a pujar por vencer la resistencia del esfínter. Me corrí dos veces mientras el glande inmenso pugnaba por vencer la ciudadela.

Cuando lo hubo conseguido, el falo blanco, casi vertical a mi sexo, acarició la vulva durante largos minutos y luego, poco a poco, entró en mi vagina. Y allí adentro, como hermanos gemelos y con vida propia, danzaron un aquelarre hechicero que me envolvió como una marejada de espuma hirviente.

Experimenté un placer inenarrable sintiendo el cilindro movedizo avanzar recto arriba hasta enfundarse por completo en mi interior. Entonces la danza armónica de aquellos dos rabos perfectos me hicieron aullar mientras volvían a llenarme de esperma y sentí que con aquella DP eximia me habían extraído la última gota de mi último orgasmo.

Estaba seca de fluidos, extasiada y tibia, definitivamente feliz.

Las manos que tan bien conocía, debidamente encremadas, me acariciaron los pechos, el vientre, los muslos hasta que me dormí profundamente y tuve sueños eróticos que, por una vez, recordé con todo detalle al día siguiente.

Amanecí radiante de felicidad. Satisfecha. Sentía el sexo y el ano ardiendo de un deseo cumplido pero todavía vivo. Muy vivo.

Me dije que era feliz como esa diosa que había detectado el fotógrafo. Vivo sola con mi secreto, con la compañía que añoro, la que responde con una precisa obstinación a todos mis deseos. Y son deseos que voy descubriendo en mí que alguna semanas atrás ni siquiera sabía que albergaba. ¿Para qué más?

Sí, algo más. Al cabo de un par de meses pregunté si alguien había escuchado a aquella especie de pitonisa que me había puesto en el sendero de mi patrullero sexual particular. Nadie sabía nada. Tal vez fuera una alucinación mía y estuviera completamente demenciada. ¿Y qué? Si la locura era así, bienvenida sea.

No me importa en absoluto mi trabajo, mis citas obligadas, el sexo esporádico y anestésico al que me obligo solo como un anticipo de la auténtica aventura. Solo deseo llegar a casa, darme un baño de espumas, echarme desnuda y húmeda sobre las sábanas frescas e invocar a mis visitantes.

Todavía no hay comentarios para esta noticia.