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Relato Erótico: Abierta hasta el amanecer

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10/04/2019
—Trillizos.
—¿Cómo dices?
—Trillizos.
—¡No me lo puedo creer!
—Pues así fue.
—¿Dónde?
—Cuando terminó la entrega de los últimos Platinum X. Después de la última velada.
—¿Qué hacías tú allí
—Cubría el festival para una revista ucraniana.
—¿Ucraniana?
—Sí, ya sabes que mi vecino es ucraniano y pornógrafo. De modo que como estaba en cama con un mordisco en la verga después de su última aventura con una Inui de instinto caníbal, me pidió por favor que lo sustituyera. Y fui.

Ángeles miró a su amiga como si fuera la primera vez que lo hacía. Y ciertamente no era así. La conocía desde la guardería, hacía ya unos veintiséis años.

Para una cajera de banco nacional las peripecias de la periodista audaz eran como una novela de aventuras exóticas. Aunque la cruda realidad era que Mamen Lahondo era una free-lance que malvivía, eso sí, muy feliz, haciendo chapuzas en su viejo ordenador.

—Cuéntamelo todo, desde el principio, mientras me doy un baño.

De modo que Ángeles se sumergió en el agua tibia y espumosa con las manos entre sus piernas y al cabo de unos segundos de caricias expertas en la vulva sedosa y rasurada, prosiguió su ceremonia privada introduciéndolos en la vagina encendida.

-Me encanta tocarme mientras me cuentas tus fechorías -dijo, con los pezones flotando erectos entre la espuma.

-Esta vez la historia es diferente. No me interrumpas o no te cuento nada. En fin, sigo… había visto grandes vergas mamadas en vivo, hermosas mujeres de todo tipo, siliconadas, no siliconadas, jóvenes, veteranas, rubias, morenas, del Oeste, del Este... todas ellas con un rabo entre las manos o entre las piernas, y mamando como locas las mejores vergas de occidente... Ya sabes, Mandingo, Donny Dong, Jordi El Niño Polla…
-¿Quién es esa gente?
-No me interrumpas. Además, no puedo explicarte quiénes son, tienes que verlos... mojigata.

Sonrió, envuelta en aquella bruma espumosa de sales, con el cuerpo ardiendo de deseo prestado, mientras Mamen encendía un cigarrillo y se sentaba en el inodoro.

-La verdad, yo estaba cachonda -comenzó.
-Tú siempre estás cachonda -sonrió Ángeles, con las manos bajo el agua.

Ángeles sentía aquellos rabos imaginarios penetrándola por todos sus orificios, cerró los ojos y exploró su vagina con los dedos de una mano mientras con la otra frotaba el clítoris tal y como a ella gustaba, cambiando de ritmo, al compás del relato de la amiga.

--Hubo un momento de la velada en el que tuve que ir al lavabo y quitarme las bragas. Chorreaban calentura. Al salir, sin bragas bajo mi minifalda de cuero, lo vi. Era hermoso, alto, moreno, de ojos verdes, delgado como un atleta y con un maravilloso traje blanco de Armani. Lo descubrí de inmediato y casi olvidé que estaba allí para cubrir el festival y, fundamentalmente, relatar con mi pluma experta el colofón final de aquella semana de porno total.

“Te aseguro que él supo lo que me sucedía sólo por el olfato. Yo olía a hembra enloquecida. Me cogió por la mano y me invitó a su habitación, en un hotel próximo al sitio donde el final de fiesta agonizaba. Yo acepté enseguida aunque él tuvo el detalle de invitarme antes a una copa de champagne. Fue en ese momento cuando lo reconocí. Y saber quién era hizo que me humedeciera y los goterones del deseo chorrearan por mis muslos…

“En cuanto estuvimos en el cuarto del hotel, amplio y costoso,
nos desnudamos el uno al otro y yo me arrodillé para mamar su falo. Era el rabo más grande, duro y cabezón que había tenido en la boca. Y parecía vivo.

-Voy a correrme… -anunció Ángeles.

-Sabía muy bien y mi sexo siguió chorreando fluidos hirvientes. Estaba concentrada en la mamada, casi poseída, cuando sentí unas manos en mis hombros… que me cogían desde atrás. No eran del galán del Armani blanco, que seguía delante de mí, apoyado en la pared mientras yo sostenía la verga entre las manos y miraba al tipo por encima del hombro.
“Él es Mono -dijo el tipo, algo que yo ya sabía, pero igualmente sufrí un escalofrío porque era idéntico al dueño del cipote que sostenía entre las manos-. No temas nada, soy hermano de Mono, mi nombre es Duetto-, dijo, un dato que también conocía, pero no personalmente, claro, y entonces tomé conciencia de que estaba completamente desnudo y con una polla idéntica oscilando junto a mi rostro.

“Cerré los ojos y me dije que si iba a morir a manos de dos sementales idénticos trataría de sacarle todo el jugo posible. Y los mamé uno a uno y a los dos a la vez, disfrutando como una bruja de los troncos duros y gordos que parecían a punto de estallar. Claro que no lo hicieron. Eran profesionales. Al cabo de un buen rato me colocaron a cuatro patas y mientras yo continuaba comiendo la verga de Duetto, Mono entró lentamente en mi vagina, acuclillado entre mis rodillas.

“Eran italianos. Él, Mono, y su gemelo, Duetto, solían hacer pocos films, sí, pero de una lascivia incendiaria.

Mamen Lahonda lanzó una carcajada envuelta en humo y durante un momento su mirada se perdió en los pliegues húmedos de su memoria inguinal.

-En fin, era como una fantasía imposible tener aquellas vergas gemelas ocupándose de mí... El tiempo se detenía en aquella maravilla en que se convierte un trío que sabe lo que hace. Y ellos lo sabían y yo aprendía con rapidez… En un momento dado cambiaron, y de aquella figura de mamada y penetración vaginal conmigo en perra, me guiaron delicadamente hasta la cama. Y debo decir que era una gran cama. Hicieron que recogiera las piernas hacia arriba y atrás y sus dos bocas me chuparon hasta el éxtasis el ano y la vulva. Yo no podía creerlo. Era el mejor de los sueños.

Ángeles se agitó y lanzó un largo suspiro cuando el orgasmo la atravesó como un arpón.
Mamen sonrió comprensiva, apagón el cigarrillo y prosiguió con su relato.

-El sueño llegaba por duplicado. Me corrí mientras sus manos masajeaban mis pechos, sus dientes mordían mi vulva, sus lenguas entraban y salían del coño y el ojete como taladradoras de carne estremecida. Hubo un instante en el que pensé que iba a morir...

Mamen Lahondo se tomó un respiro y Ángeles apretó los dientes para impedir, sin éxito, que un segundo orgasmo burbujeaba entre vapores nubosos de espuma aromática. Suspiró profundamente y supo que entre sus dedos comenzaba a crecer otro placer, más incisivo y renovado.

-Fue entonces cuando apareció Triccilo.
-¿Triccilo?

-Se presentó mientras sus hermanos me mamaban. Y puso su verga idéntica junto a mi boca para que le chupara los huevos. Me aferré a ese tronco como Indiana Jones al puente roto y cerré los ojos con fuerza. Era una privilegiada. Jamás me había sentido tan caliente ni mis orgasmos habían fluido con tanta virulencia. Pensé que me quedaría sin más jugos para el resto de mi vida, pero ya te he dicho que estaba dispuesta a morir de placer.

“Entonces, como un contorsionista, Mono se situó debajo de mí mientras Duetto y Triccilo me sujetaban por las axilas y me hacían descender sobre su verga enhiesta. En el último instante los tres me miraron con sus hermosas sonrisas idénticas y me dejaron caer sobre el falo que rozó con cautela el portal del ano hasta enfundarse por completo en el recto.

“Me incliné hacia delante, deliciosamente empalada, cuando unos dedos húmedos se introdujeron en mi coño y jugaron allí adentro como prodigiosas mariposas de energía eléctrica. Creo que para entonces ya aullaba inconteniblemente. Un instante después la verga de Duetto entró en mi vagina. Una verga larga, hirviente, dura como el acero y tumultuosa como un cachorro en pie de guerra...

“Alcé la mirada, doblemente penetrada y vi ante mí la verga venosa, enrojecida, ensalivada, brillante... de Triccilo. “Abre la boca”, me dijo el trillizo. Y comenzó a follarme lentamente hasta la mismísima garganta. Linda Lovelace no tenía ni para empezar con aquel garrote movedizo...

Ángeles lanzó un estertor y se corrió con una fuerza incontenible. Pero Mamen Lahonda ni se enteró. Estaba atrapada, caliente y agitada, dentro de su recuerdo tripartito.

-Mamé sus huevos, su glande, me tragué el rabo entero y todo el tiempo, con los ojos cerrados, sentía en mi interior a las otras dos vergas idénticas danzando sin cesar, con una armonía desesperante, entrando y saliendo. No sé cuánto duró.

Las dos mujeres, con los ojos cerrados y contorsionándose lentamente, parecían hechiceras en pleno trance.

-Sólo sé -añadió Mamen-, que las vergas cambiaban de postura, y entonces fue Triccilo quien se metió en mi ano mientras Duetto me follaba por la boca y Mono disfrutaba de mi coño afiebrado. Y luego volvieron a cambiar, una y otra vez, sin correrse, jugando con mi cuerpo, mis pechos, mis orificios… Eran atletas entrenados dedicándome la mejor de las coreografías sexuales. Y debo decirte que Triccilo no era actor porno. Solo se sumaba a las travesuras de sus gemelos por amor al arte, sí al arte, porque esa cópula era una obra de arte, la mejor de las performances…

Ángeles abrió los ojos un momento y vio a su amiga con el vestido arrollado a la cintura, las bragas en el suelo, las manos apretándose el sexo como si no deseara que se escaparan sus remembranzas depredadoras.

-Continúa, no te detengas, por favor… -suplicó a su amiga.

-Y entonces -obedeció Mamen-, súbitamente, se detuvieron un largo minuto, se miraron entre sí y yo comprendí que iba a recibir la mejor descarga de artillería que jamás había experimentado mujer alguna. Y así fue. Mi ano, mi boca y mi vagina sufrieron una explosión única que me convirtieron en un enloquecido cáliz de esperma. Me desbordaron y yo, creo, ya no lo sé, tuve un último estremecimiento de virulencia letal. Pero en ese momento, amiga mía, ignoraba que mi cuerpo era capaz de muchas expediciones en terreno amigo y enemigo…


“Amaneció y yo continuaba siendo poseída, siempre caliente, siempre gimiendo, siempre con una verga hundida en cada uno de mis agujeros y moviéndose allí con la pericia de un comando sexual. Mono se situó entre mis piernas y hundió su arpón en mi vagina. Un cilindro grueso, enorme que latía como un monstruo rabioso. Me folló a una velocidad desenfrenada mientas el nabo de Duetto entraba y salía de mi boca al mismo ritmo y, extrañamente, el falo de Triccilo, en mi ano, permanecía muy quieto. No sé cuántas veces me corrí con aquellos tentáculos sincronizados a lo largo de una noche antológica…

Ángles miró a su amiga, ahora ya desnuda, las rodillas abiertas y seis dedos metidos en su coño enrojecido. Tenía la cabeza echada hacia atrás y succionaba un falo imaginario moviendo los labios, la lengua y las mejillas, completamente poseída.

-No sé, estuve así, abierta hasta el amanecer —balbuceó Mamen Lahonda.

—Mono, Duetto, Triccilo... -murmuró Ángeles, mientras su lengua recorría los labios y sus dedos, hundidos en la horcajadura, buscaban un nuevo orgasmo, generado, otra vez, por aquella noche sin igual, sin igual, sin igual...

-Te digo algo inaudito, amiga, todavía tuvieron tiempo de lanzarme una última estocada, por triplicado, sobre el rostro, los pechos, el vientre... Mamé sus pollas una a una para tragarme la última gota de sus eyaculaciones idénticas...

Mamen abrió los ojos y allí, entre sus piernas, Ángeles le lamía el sexo salobre como una pantera de espuma.

Solo detuvo la libación para mirarla desde abajo, en un plano contrapicado, y decirle con una voz ronca “me encanta que sigas abierta hasta el amanecer”.

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