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CATÁLOGO

SEXBLOG

Relato erótico: Fantasma

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11/01/2018
-Vamos, déjate de cuentos.
-Siempre te gustaron los cuentos.
-Es cierto, pero eso fue hace muchos años, Bronco. Entonces éramos pequeños, unos niños. En el orfanato. Ahora tenemos cuarenta años y todo aquello quedó muy atrás. Y lo celebro. Prefiero no recordarlo.
-Recuerdo que solíamos pasar la noche entera despiertos. Yo inventaba cuentos y vosotros escuchabais. También recuerdo que una vez me dieron una paliza por no continuar con el relato.
-Yo era el que te defendía.
-Exacto, por eso he venido a verte, Maik, para contarte un cuento.

Eran los apodos del orfanato. Bronco y Maik. Bronco nunca se supo de dónde apareció porque por entonces no tenía la voz aguardentosa que adquirió en la adolescencia. Maik era una adaptación de Mike y venía de su nombre real, Miguel.

Incluso ahora, Maik le llamaba Bronco y por primera vez pensó que no conocía su nombre real y tampoco su apellido. Le pareció extraño.

-Sí, ya sé que es extraño -dijo Bronco, colándose en sus reflexiones-, pero te aseguro que para mí no es nada insólito ni raro, Maik. Lo que entonces eran cuentos eran en realidad sueños, sueños completos, a veces terroríficos. Y aquella vez, la de la paliza, no pude acabarlo porque el miserable celador, aquel pedófilo que se llevó lo suyo, me despertó en medio de la noche.
-Lo recuerdo, fui yo quien le atizó con la lámpara de noche.
-En aquellos tiempos era como mi ángel de la guarda. Confieso que ahora he aprendido a defenderme, ya no estoy tan reconcentrado con mis pensamientos como entonces. Vivía en otro mundo, Maik.
-Lo sé, por eso algunos te tenían miedo. Eras raro. Sigues siendo raro. No sé dónde vives, ni qué haces. Solo que vistes como un pordiosero. Ni siquiera conozco tu nombre. Solo acudo cuando me llamas. Siempre en este bar de mala muerte donde un día nos degollarán a los dos.
-Este es mi territorio, amigo. Aquí nadie se meterá contigo.

Miró a su alrededor y los seis o siete parroquianos levantaron sus copas para saludarlo.

-Lo dicho, eres un tipo raro, Bronco.
-Bebe y escucha, amigo. Fue hace un par de semanas. Salí de aquí a la madrugada. Había bebido, pero no estaba borracho. Solo dos o tres copas. La noche anterior había soñado con una mujer. No tenía rostro. Pero era morena, llevaba un sostén y bragas negras y esas medias que antes se sujetaban con ligueros y que ahora se sostienen con elásticos…
-Siempre te gustaron los detalles en tus narraciones. Nunca me he explicado porque no eres un novelista…
-Soy un cuentista. Los míos son relatos orales y solo para quienes se los merecen. En fin, que salí de aquí y cuando cogí el callejón que llevaba a mi habitación destartalada, la vi fumando apoyada en una escalera de incendios.
-¿A la mujer de tus sueños?
-Exacto. Llevaba un largo abrigo claro, impermeable, atado con un cinturón que revelaba un cuerpo de escándalo, como esos de las actrices de los años cincuenta. Me dijo que estaba esperándome, de modo que subimos a mi habitación. Allí se quitó el abrigo y apareció tal y como la había soñado. El rostro era anguloso, de labios gruesos, ojos oscuros y muy bello. Comentó con toda naturalidad que era una respuesta para mi vida. Sé que parece extraño, pero así fue. Me desnudé porque era lo que ella esperaba. Lo supe en cuanto la vi en el callejón. Estaba predestinado…
-Predestinado… Todavía siento cómo se me ponen los pelos de punta, igual que en el orfanato. Es como si hubiera algún pronóstico inquietante en lo que explicas. Y, sin embargo, nos hacía bien. Esperábamos tus cuentos todas las noches como si…
-Como si eso los mantuviera vivos, lo sé. A mí también me mantenía vivo. Y fue lo que ella dijo. Dijo ‘Tus cuentos siempre te mantuvieron vivo e hicieron mucho bien a mucha gente…’ Se quitó aquella lencería y completamente desnuda, rasurada como lo hacen ahora las mujeres, se acercó a mí y me besó en la boca con tal intensidad que me transportó a otro mundo. Lo creas o no. Cerré los ojos y…

“…con cada beso en la boca, en el cuello, chupando el lóbulo de mi oreja, respirando en mi oído, lamiéndome las tetillas, el vientre, el falo duro como una piedra, los huevos, masturbándome, yo continuaba con los ojos cerrados porque ella me llevaba a otro lugar, en otra época, en otro universo…

“Cuando chupó el glande me hizo zozobrar y pude ver el Valla de los Reyes como si lo sobrevolara; ya sabes que dicen que es el mapa del cielo. Luego deslizó la lengua por la base de los huevos y alcanzó el ojete y se detuvo allí unos instantes sin dejar de masturbarme hasta que se giró para el 69 que yo anhelaba con una pasión anticipatoria…

“Lamí largamente su sexo muy mojado, metí dos dedos en gancho para masturbarla, entré y salí de su ano con mi lengua, los ojos siempre cerrados, mientras ella escupía mi verga, la sometía a caricias vertiginosas y su boca se ensañaba con el glande hasta que creía que me corría y entonces lo abandonaba para lamer el tronco del falo y darme una tregua…

“Por fin, no sé cuánto tiempo pasó, Maik, lo juro, pero abrí los ojos y ya era de día. Vi la claridad por la claraboya de la bohardilla y ella se irguió en todo su esplendor, cogió la verga con las dos manos, la llevó hasta el portal del ojete y la hundió lentamente…

“Yo seguía atrapado en un deseo infernal, pero, a la vez, continuaba aquel vuelo inimaginable por los jardines colgantes de Babilonia, por las llanuras tártaras, por las ruinas de Machu Pichu y ella danzaba con sus caderas imposibles, su contoneo enloquecedor, subiendo y bajando por mi rabo, hundiéndolo por completo, amenazando con soltarlo, el glande haciendo equilibrio en la corola del ojete y entonces volvía a incrustarlo, a veces con un ritmo lento y otras casi con furia…

Maik terminó la copa y se sirvió otra de la botella de ajenjo. Estaba hipnotizado como cuando era un niño en aquel lóbrego dormitorio del orfanato.

-Me corrí cuando ella lanzó un aullido que convirtió en una especie de mantra en una lengua que no comprendí ni me importaba porque ya sabía que no era una lengua viva, una lengua de estos tiempos, era una especie de mensaje atávico que se perdía en el origen de los tiempos y que ella había rescatado para mí convirtiéndose, convirtiéndome, en el mejor de los cuentos…
-Te dormiste y se había marchado -dijo entonces Maik.
-No, está conmigo. Dice que tiene que quedarse, que yo soy parte de su destino y que nos merecemos un descanso. Que a veces los viajes de la imaginación exigen detenerse y permitir que la fantasía desaparezca un tiempo. Y para ello está ella aquí, para ser mi fantasía y ya no tener que buscar argumentos. ¿Entiendes?
-Entiendo -dijo Maik, y enseguida, acabando la copa de un trago, añadió-: ¿Quién eres tú en realidad Bronco?
-Creo que soy solo un cuento, amigo.

Lo palmeó en hombro, se levantó, le hizo señas al barman para que pusiera lo consumido en su cuenta, saludó a los parroquianos y salió a la calle.

Maik lo siguió como si efectivamente su viejo amigo fuera un fantasma. Lo vio girar en la esquina hacia un callejón y sintiéndose culpable, pero no pudiendo evitarlo, lo espió. El Bronco hizo una señal de saludo y desde un balcón de un edificio ruinoso una hermosa mujer de larga cabellera negra, aparentemente desnuda, el rostro envuelto en el humo de un cigarrillo, le respondió con una sonrisa.

Maik pensó que por esa sonrisa daría la vida.


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