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CATÁLOGO

SEXBLOG

Relato erótico: La huelga

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08/02/2018
-Fue la crisis, cariño.
-Sí, eso es, échale la culpa a la crisis. ¡Yo estoy ahora en crisis!
-No puedo explicártelo porque ni yo mismo lo entiendo. A veces suceden cosas incomprensibles -dijo Rino, aunque sabía que posiblemente jamás lo entendería.

Se había casado con una mujer leal. La respetaba, la amaba, incluso la adoraba. Pero había sucumbido. De modo que intentó explicárselo.

-¿Puedes escucharme un momento, Geno? Llevamos diez años juntos y creo que me merezco la oportunidad de explicarme -insistió Rino con convicción.

Ella se sentó y cambió la expresión de su rostro. Ahora parecía interesada, más curiosa que enfadada. Geno, él mismo la había comenzado a llamar de ese modo porque no le gustaba que la hubieran bautizado como Genoveva, asintió levemente.

-Te voy a contar la sucesión de hechos, aunque algunos ya los conoces. Toda mi vida he cumplido con mi deber. Siempre. Y tú lo sabes. Recuerdo que un día me dijiste que tendría que rebelarme, que sería bueno para mi complejo de culpa. Seguro que no has olvidado ese día.

Hizo una pausa para ordenar sus ideas. La miró con ternura y prosiguió.

-Quince años en la empresa y de pronto nos despiden. Hicimos una huelga que nos costó lo que no teníamos. Once meses ocupando la fábrica. Hubo garrotazos con la policía, con los esquiroles, entre nosotros mismos porque la tensión era insufrible. Hubo semanas enteras en las que no nos vimos. Estaba desolado. De pronto era un perdedor de 45 años al que nadie daría un empleo. La vida que habíamos construido se iba a la mierda.

“Una noche apareció ella, venía de otra fábrica en huelga. Discutimos durante horas varios delegados y por fin al cabo de cuatro o cinco días casi sin dormir, racionando la comida que incluso tú nos hacías llegar, una noche entré en las duchas, me desnudé y allí estaba ella, bajo el chorro de agua… Voy a ahorrarte los detalles. Solo te diré que sucedió. Tal vez cometí el error de contártelo, pero no podía dejar de hacerlo. Ya lo sabes, la culpa. Tú misma me has reprochado siempre la puta culpa…

Ella lo miró un instante y se alejó en dirección a La Cocina.

-Voy a preparar café -dijo con una voz serena.

Los detalles que quería ahorrarle eran salvajes en su memoria. Porque ella, la amante de un solo coito, había dejado una huella imborrable en todo su cuerpo.

Se habían duchado juntos, enjabonado los sexos, besado. Él se arrodilló para el cunnilingus desesperado mientras ella, apoyada contra la pared, las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, gemía como una gacela herida de un modo que lo hacía sentirse poderoso. En medio de la crisis letal un rayo de luz o, mejor, una cópula brillante.

Ella se corrió cuando él la giró y le lamió el ojete mientras la masturbaba con varios dedos. La mujer se agachó a su lado y él se sentó bajo el agua caliente de la ducha. Fue entonces cuando su verga desapareció en la boca, las manos en los testículos y cuando la felación parecía que lo iba a hacer explosionar, ella guió sus movimientos hasta que él estuvo a cuatro patas.

Se sintió vulnerable y excitado. Pero no tuvo tiempo de darle más vueltas porque la delegada de la pasión sin límites le medió la lengua en el ano mientras proseguía masturbándolo y acariciándole los huevos desde atrás y entre las piernas. Pensó que jamás había experimentado nada igual y eyaculó sin que ella abandonara la combinación de caricias.

Cuando lo hizo, cuando redujo sus movimientos para no irritarlo y que disfrutara de su orgasmo en todo su potencial, la vio colocarse, a su vez, a cuatro patas y observarlo por encima del hombro con una mirada invitante y precisa.

La verga que iba menguado volvió a ponerse dura, muy dura, ante aquella provocación que no esperaba. Le abrió las nalgas y apoyó el glande en el ojete. Fue ella misma la que guió el cilindro jugoso en una estocada lenta y prieta que convirtió aquella sodomía en una fantasía largamente deseada.

Duró mucho tiempo porque disfrutaba tanto del enculamiento, con ella gimiendo y meneándose, que cuando finalmente se corrió lo hizo acoplándose al grito de la mujer de las maravillas, supo que jamás podría compartir aquello con Geno. Sería como reprocharle juegos eróticos que jamás se le habían ocurrido.

Acababa de culminar el repaso caliente de la epopeya de la ducha cuando se dio cuenta de que la erección abultaba casi con indecencia bajo el pantalón ligero del pijama.

Levantó la vista y vio que Geno, completamente desnuda, se acercaba, con dos tazones de café recién hecho. Los dejó sobre la mesilla ratona y se encaminó hacia la verga con una expresión que él no le conocía. Pertenecía a otra mujer. Una mujer que parecía habitar a la esposa que ahora actuaba de un modo inquietante.

Su esposa, que adoraba un sexo normal y sencillo, como él mismo, le chupó el rabo como nunca, lamió los huevos como si fuera una profesional del cine X, le metió los dedos en la boca para ensalivarlos, se untó el ojete y se acuclilló sobre el falo con los ojos afiebrados clavados en los suyos. Se empaló lentamente por el culo hasta que tuvo la verga completamente enfundada. Tenía las pupilas llenas de lágrimas, pero sonreía.

Fue entonces cuando dijo:

-Vamos a aprovechar la huelga, amor mío. El sexo no está en crisis. 


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