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CATÁLOGO

SEXBLOG

Relato erótico: Justicia

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08/03/2018
El tipo era alto, robusto y tenía el rostro como si acabara de perder la final de los pesos pesados. Miraba con una cierta placidez, pero en el fondo de sus pupilas ardía un fuego que no dejaba lugar a las dudas. Aparentemente era el único guardia delante de la puerta principal de la casa. Un edificio de dos plantas, de diseño, en medio de un bosque, aislada de la carretera principal y de cualquier otro sitio habitado.

De modo que me acerqué mientras encendía un pitillo y el tipo echó la mano hacia la sobaquera con una expresión atónita. La di una patada en la rodilla, creo que el sensei la denominaba mae geri en mis épocas de practicante de karate. Una fracción de segundo después le hundí el pulgar en la garganta. Casi pude sentir como se lesionaba la nuez, o la manzana, según las latitudes, de Adán. Buscó aire con una desesperación que no me dio ninguna lástima, de modo que una segunda patada en el estómago lo dobló y así, con la nuca expuesta, le propiné un último y letal puntapié con el talón que le partió el cuello.

Pasé por encima de él, abrí mi navaja, entré en el amplio salón de la casa y me dirigí hacia la primera planta. Allí, en el rellano, dormitando, había un segundo matón adormilado, con una Uzi en el regazo. Le corté el cuello limpiamente y cogí la metralleta antes de que el tipo atinara a comprender lo que sucedía.

La metralleta tenía silenciador, de modo que los tres tipos que jugaban a las cartas en un amplio distribuidor al que daban todos los cuartos, cubierto con alfombras persas, prácticamente no se dieron cuenta de que iban camino al más allá. Les disparé una andanada general y luego otra uno por uno.

Si había algún otro pie de plomo que le guardara las espaldas a Toni Galante no estaba a la vista.

Abrí con mucho cuidado las puertas dobles que seguramente correspondían al dormitorio principal y los vi.

Ella estaba desnuda, atada como en los films BDSM y Don Galante le chupaba la raja muy húmeda que tenía ante sí, vulnerable gracias a la ligadura que le mantenía los muslos muy abiertos; Eva, así se llamaba la dama, había sido amordazada con una bola roja en la boca abierta y gemía con los ojos vendados.

El cunnilingus duró varios minutos y en un momento dado, lo supe de inmediato porque ella contuvo la respiración, tuvo un orgasmo que empapó el rostro del hombre. Casi pude sentir el sabor de su explosión en mis papilas gustativas.

El tipo le dio un bofetón, le quitó la mordaza y le puso la verga en la boca. Ella lo mamó como si fuera un biberón y al cabo de un buen rato le quitó parte de las ligaduras para que pudiera colocarse en perra y entonces le cubrió las nalgas y el ojete de aceite y le enfundó el rabo por el ano con una sola estocada que la obligó a lanzar un grito sonoro y grave.

La sodomía la hizo bramar de placer, sobre todo cuando él le buscó el clítoris con una mano y lo frotó con un ritmo regular mientras con los dedos de la mano libre le acariciaba la embadurnada raja de la vagina y así, entre la paja, el frotamiento y el mete y saca anal cada vez más frenético, el tipo se corrió con bramidos de chacal asmático y cuando por fin sacó el aparato del orificio dilatado observó triunfante cómo el semen chorreaba para formar una mancha húmeda sobre la sábana.

Una mancha que, pensé en cuanto dejó de gotear, se parecía mucho a la estatua de la justicia. Incluso podía entrever la balanza inservible ensanchando la silueta de esperma de la dama en cuestión.

El hampón entonces le quitó la venda de los ojos y procedió a quitarle las ligaduras. Cuando hubo acabado se abrazaron con auténtica pasión y el beso que unió sus bocas parecía que iba a destrozarles la dentadura. Cuando se separaron fue ella la que lanzó el alarido.

Me había visto sentada en una butaca, con la Uzi apuntando displicentemente a la cama.

-Hola, Eva, amor -le dije sin la menor emoción.

-Nora… -alcanzó a decir-, por favor, no lo hagas, deja que te explique…

-Eras mi mujer -dije.

No tenía mucho más que explicar.

Agoté el cargador de la metralleta sobre los dos cuerpos.

No me quedé a mirar el espectáculo pop de la sangre que lo salpicaba todo. Para mí el amor, la lealtad, la fidelidad, la honestidad… hacen justicia al amor. Nos lo habíamos prometido y me había casado con ella.

Lo dicho, una cuestión de justicia.


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