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Cómo proteger a sus hijos

Relato erótico: Flama

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19/04/2018
Estaba de pie en la esquina del parque. Zapatos con altas plataformas, minifalda, un top que apenas contenía los pechos voluptuosos, el vientre musculoso con un zafiro en el piercing del ombligo, la melena oscura enmarcando el rostro bellísimo y como único abrigo una cazadora de piel color salmón, ajustada y corta, del todo inapropiada para esa noche helada de diciembre.

En un par de semanas llegaría la Navidad y el festín de fin de año, pero ella, Flama, no pensaba en bacanales gastronómicas ni encuentros familiares. Su mirada recorría el mal iluminado sendero del parque que conducía al lago y la calle sombría donde tres chicas más aguardaban a un deseado cliente que las sacara de aquella temperatura glacial.

El coche apareció como un tiburón que nadara lentamente entre los árboles, reconociendo el terreno y, también, una a una a las muchachas que se reunían alrededor de un gran tonel de hierro donde una improvisada fogata les servía de calefacción.

Flama se puso las manos en las caderas y miró desafiante a quien fuera que condujera aquel coche. Un vehículo negro, con los cristales tintados, que avanzaba sin hacer el menor ruido.

“Como un tiburón”, se dijo mientras hinchaba los pechos y tensaba el culo prodigioso.

Se vio entre los brazos del hombre que amaba, un tipo aventurero y díscolo que aparecía en su vida con la frecuencia que ella necesitaba para no sentir que invadía su espacio.

Cerró los ojos por un segundo y vio la escena. Ella, echada sobre la cama completamente desnuda, de bruces, las piernas abiertas, agitada por el deseo y él, de cuerpo delgado y fibroso, acomodándose para abrirle las nalgas, lamerle el ano largamente, una caricia que la volvía loca, para luego levantarla, en perra, y hundirse en su vagina mientras la alzaba, aferrándose a los pechos, hasta que ella quedaba apretada contra él, prácticamente arrodillada, mientras el mete y saca la llevaba a un orgasmo tras otro…

Abrió los ojos e interrumpió la ensoñación porque el coche se había detenido a su lado. El cristal tintado de la ventanilla descendió lentamente y vio al tipo que conducía. Era él. Lo había reconocido en la rueda de sospechosos en la comisaría. Pero no había pruebas suficientes. De eso hacía ya un par de meses. Cuatro chicas de la calle había sido masacradas en ese periodo de tiempo.

Se inclinó exhibiendo sus senos generosos y con una sonrisa espléndida le preguntó que podía hacer por él.

-Sube -ordenó el tipo, agitando un fajo de billetes ante su rostro.

Flama miró a las otras chicas durante un segundo y subió al coche. Anduvieron por calles oscuras hasta el puerto y entonces comprendió que había llegado el momento. Alguien la sujetó por detrás, alguien que había estado oculto en el asiento posterior. El vehículo se detuvo.

Sin sacar la mano de dentro de su pequeño bolso de mano apretó el gatillo. La bala blindada del calibre 22 atravesó el brazo del conductor, entró por debajo de la axila y avanzó como un misil tropezando con una costilla antes de alojarse en el corazón. El tipo cayó muerto sobre el volante.

Los brazos que la sostenían por los hombros aflojaron un segundo la presión. El ayudante del psicópata había naufragado en un momento de confusión y Flama se giró ligeramente para vaciar el cargador a través del asiento. Varios cráteres de sangre se abrieron en el jersey, a la altura de las tetillas y el cuello y el tipo la miró hasta que el asombro de sus pupilas se heló con el último aliento.

Unos minutos después el coche ardía como una antorcha y Flama caminaba con buen paso, alejándose de aquella hoguera crepitante antes de que estallara.

El hombre que amaba estaba fumando, de pie junto a su jeep. La envolvió en un largo abrigo y la abrazó con fuerza.

-¿Se acabó? -preguntó el hombre.
-Por ahora, sí. Siempre hay depredadores en esta ciudad.
-¿Me dejarás que te ayude? -quiso saber él.
-Cuando sea necesario. Lo prometo. Ahora vámonos a casa. La policía estará a punto de llegar. 


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