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Cómo proteger a sus hijos

Relato erótico: Fiera

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07/06/2018
En su momento me había dicho que me sorprendería. Lo recordaba a menudo, aunque se alargó aquella espera porque ella sabía cuáles eran los tiempos de mi curiosidad y los límites de mi paciencia. De modo que aquella promesa “un día te sorprenderé tanto que realmente nos cambiará la vida…”

Jamás hacía una promesa en vano, ni mentía, ni solía utilizar más palabras que las necesarias y justas a la hora de definirse sobre una situación.

Era una mujer amable, desesperantemente amable, en el sentido de susceptible de ser amada hasta límites ignotos.

Yo regresaba después de completar algún reportaje que me había llevado lejos por unos cuantos días. Ella dormía profundamente, como siempre, sin somníferos, con una serenidad total. Me duchaba y me metía desnudo en la cama. Ella me sentía a su lado y así, casi en un estado de ensoñación, me aferraba la verga y luego la otra mano acariciaba mis huevos y me hacía una paja como solo ella sabía porque me sabía sin fisuras.

Luego, todavía sin abrir los ojos, se zambullía bajo las sábanas para acomodarse entre mis muslos y continuar con la lengua el itinerario de sus dedos.

Lamía las bolas, las saboreaba dentro de la boca, me dejaba un reguero de saliva mientras trepaba por el tronco duro y trémulo hasta llegar al glande y entonces yo apartaba las sábanas y la miraba chuparme la verga vertical con sus ojos clavados en los míos, la mano masturbándome, la lengua, los labios haciendo mil piruetas para excitarme lentamente hasta el irremisible orgasmo que ella atrapaba y tragaba.

Volvía entonces a chupar suavemente el falo derrotado y feliz y ascendía, su cuerpo desnudo contra el mío, los pechos frotándome el pene, el vientre, las tetillas hasta que su boca, con mi sabor, me dedicaba un chupón formidable que yo no deseaba que acabara jamás.

A veces me indicaba con su beso que era mi turno de relajarme y dormirme con aquella poderosa eyaculación bien diseñada. Otras se echaban de bruces a mi lado y ponía una almohada debajo de su pubis alzando el culo prodigioso para mi aventura.

Yo le abría las piernas, le lamía los muslos, rodeaba el portal del sexo porque sabía que aquella demora en alcanzar la diana la trastornaba de placer y entonces jugaba con la vulva, llegaba al clítoris, los dedos entrando y saliendo de la vagina, y la danza la hacía contonearse con frenesí mientras le metía la lengua en el ojete y regresaba a la vagina y nuevamente al ano y así durante mucho tiempo hasta que ella se abría las nalgas de un modo especial, indicándome qué era lo que prefería.

A veces me hundía en su sexo de fuego y otras, con la verga bien ensalivada, me adentraba lentamente, cautamente, en su culo, sintiendo cómo contenía la respiración mientras me enfundaba por completo en una sodomía preciosa y queda que luego se convertía en un galope furibundo, el culo convertido en una peonza sabia y yo eyaculando dentro de aquel túnel perfecto hasta que la combinación de mis dedos y mi verga la hacía aullar sordamente, como una lobezna afónica.

En todo esto pensaba, como prácticamente cada día, porque ella era una diosa del sexo, siempre dispuesta y ardiente, cuando estábamos juntos. Ansiaba llegar a su lado porque cada encuentro cotidiano era como un safari renovado y excitante.

Abrí la puerta y no la vi en la cocina, tampoco en el salón ni en el estudio que compartíamos. Subí las escaleras hasta llegar al dormitorio y allí estaba, echada en la cama, completamente desnuda, los pezones erguidos, con un aroma particular, el aroma del deseo sin fronteras. Y entonces sonrió y dijo, sencillamente… “es el momento, amor…”

La mujer apareció desde el baño, completamente desnuda, con un cuerpo escultural, un rostro bellísimo, caminando descalza, casi danzando, hasta echarse al lado de mi mujer.

No podía creerlo. Durante un segundo me sentí ligeramente intimidado. No lo esperaba. Era una genuina sorpresa. Creo que sonreí como lo que era: el hombre más feliz del mundo.

Entré en el baño, me duché, me envolví en una toalla y regresé al dormitorio. Las vi masturbándose, chupándose los pechos, atentas a mi llegada.

-La toalla sobra, amor… -dijo ella, agitada, sonriente, ardiendo de expectación…


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