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Relato erótico: Frenesí… o no

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21/06/2018
El ambiente era muy extraño. Habían pasado varios días desde que llegaran a aquel refugio de montaña en medio del temporal de lluvia y granizo y la relación no parecía mejorar. Es cierto, había sido una cita a ciegas, pero Laila siempre había conocido sus gustos y, además, no era su primera vez con un tipo al que acababa de conocer. En realidad, era la cuarta. Ella, Zoe, era incapaz de resistir una relación, la que fuera, más de una semana, pero le encantaba el sexo y no pensaba conservar una reputación de chica formal porque le importaba un bledo.

Laila y Juan, su novio de toda la vida, habían invitado a Yano para que pasaran diez días en el cinematográfico refugio que tenía su familia en pleno Prepirineo y, además, le habían mostrado una fotografía del tipo. A Zoe le gustó que le llamaran Yano, era diferente; y además era un hombre muy guapo.

-Treinta y pocos, catedrático de literatura inglesa, soltero, aficionado a los deportes y encantador. Realmente encantador, te gustará. Y mucho…-le había asegurado su amiga del alma.
- ¿Por qué no? Me encanta el refugio de tu familia en invierno, os quiero mucho a ti y a Juan y este chico parece estupendo y debe serlo porque tú sabes quiénes son los que me gustan. Nada puede salir mal…

Pero las cosas no podían ir peor. En realidad, Yano era galante, encantador, un buen conversador, le gustaba caminar por la montaña cuando a ella le apetecía y, además, se quedaban mirando la ventisca como camaradas de hipnosis, sin decir una palabra, como a Zoe le apetecía, en silencio.

Solo que era inmune a sus encantos. Le sonreía, la cogía de la mano, incluso la llevaba cogida del hombro cuando salían a andar, pero luego… nada.

Laila y Juan sonreían y hacían su vida. Esa era la consigna. Cada cual a lo suyo. Era el mejor modo de pasar unos días de paz en la montaña.

Esa noche, la cuarta desde que habían llegado, Zoe se levantó desnuda de la cama… A punto de salir de su habitación decidió que tal vez era demasiado y se puso unas bragas minúsculas y una camisa sin abotonar y fue hasta el dormitorio de Yano.

Entró sin llamar y cerró la puerta. Él estaba leyendo y la miró con admiración, pero no hizo el menor gesto. Solo dejó el libro a un lado y se quitó las gafas.

Zoe se sentó en un sillón, abrió las piernas, se pasó la lengua por los labios y cerró los ojos. No le hacía falta fingir, se excitaba de inmediato.

Pensó en Yano y con una mano se acarició el sexo por encima de las bragas, recorrió la raja enfundada de arriba abajo y de derecha a izquierda cuando alcanzaba el clítoris.

Sintió el deseo tan conocido que la electrizaba y con la mano libre desnudó los pechos y se ocupó de los pezones. Estaba caliente, muy caliente, desde que llegaran al refugio y ahora dejaba salir el deseo a borbotones.

Intentó que aquella exhibición de autoerotismo durara… pero la excitación pudo más que ella y se corrió mojándose las bragas y la mano…

Al cabo de unos momentos, cuando los estertores del orgasmo se desvanecieron, abrió los ojos y miró al hombre que permanecía impasible observándola con una concentración indescifrable.

Ella le sonrió, se puso de pie y salió de la habitación. No se sentía ni humillada, ni frustrada… tampoco furiosa. Había hecho lo que le pedía su personalidad de mujer a la que le apetecía gozar y llegar hasta donde le pedía el cuerpo para conseguirlo.

Ya en su cuarto se desnudó, se dio una larga ducha caliente, se secó con vigor y se acostó desnuda sobre las sabanas. La calefacción del refugio era suficiente. Estiró los brazos por encima de la cabeza y el sueño comenzó a vencerla.

No supo muy bien si estaba soñando cuando sintió la respiración entre las rodillas. Era caliente y ascendía desde rumbo a su sexo súbitamente alerta. No quiso abrir los ojos. Temía que aquello, lo que fuera, se esfumara. Pero no desapareció, sino que al aliento que le hacía abrir los muslos para facilitar el placer siguió la caricia húmeda de una lengua hábil y perspicaz que le abrió la vulva, entró y salió varias veces de la vagina jugosa y ascendió brevemente para dedicarse al clítoris.

Se corrió con un estremecimiento, pero no cerró las piernas. Ardía.

La lengua dejó paso a dos dedos que la masturbaron con habilidad, explorando su vagina pegajosa mientras el pulgar le frotaba el clítoris y la lengua y los labios y los dientes se ensañaban con sus pezones.

Al cabo de unos largos minutos de inmovilidad su respiración se hizo sibilante y deseó moverse, responder a la caricia, pero no se atrevía. Estaba gozando como nunca antes y los orgasmos se sucedían sin aviso ni contención. Se deslizaba en caída libre.

Entonces unas manos fuertes le flexionaron las piernas y el culo se alzó para que la lengua le alcanzara el ojete. Los dedos en el sexo y aquel picoteo entre las nalgas fueron demasiado. Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Yano… y con su sonrisa contagiosa. Él subió hasta alcanzarle los labios y el beso profundo coincidió con la estocada del falo que se hundió en la vagina hasta la empuñadura.

Se besaron, acariciaron, chuparon y danzaron durante toda la noche, el falo en su boca, en su sexo y, finalmente, en su ano para diseñar una sodomía que los llevó definitivamente hasta el delirio definitivo.

Los días siguientes fueron idénticos a los precedentes: caminatas, charlas, buena comida, excelente bebida, el espectáculo de la tormenta al atardecer, el fuego en la chimenea. Y las noches resultaron un viaje renovado y salvaje a la jungla mágica del sexo sin límites.

- ¿Por qué no…? -comenzó a preguntar Zoe en el amanecer del último día, tras una madrugada febril.
-No quería ser uno más y que me olvidaras en cuanto llegáramos a la ciudad. Creo que me enamoré de ti desde que Laila me explicó cómo eras, hace ya casi un año, antes de partir con una beca a Londres. Acabo de regresar… ¿Qué opinas de tu memoria y mi recuerdo?
-Una pareja con excelente pronóstico -dijo Zoe y se apretó en cucharilla contra Yano, la verga dura entre sus nalgas. Sonrió encantada antes de dormirse.


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